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Guagua Music._06, Febrero 2009 (J.P.S) Abrí la puerta y me encontré con dos perros de la calle que se mordían. El no saber si era bronca o juego me hizo sonreír enseguida, mientras dejaba que Iceborg, de Biorn Borg, se meta a patadas en mi cabeza.
Unos metros encima de los perros, en la pared, alguien había pintado un graffiti negro que celebraba el fin de una negra era política del país. Con un “clic”, en mi cabeza estalló Febres Cordero me sacó de la Bahía, de Tanque. Seguida de Ministro Muerto; otro tema suyo, más viejo. Seguida de otra sonrisa. Espabilándome un poco, comencé a caminar apretando el paso, subiendo cada vez más el volumen, metiéndome en la música.
Al llegar a la esquina una señora, ocupada con su celular, casi me atropella. Gran parte de la culpa fue mía, pero su reacción fue tan prepotente y desagradable que comencé a tararear Quiero ser millonario, de El Retorno de Exxon Valdez. Una y otra vez.
Al llegar a la siguiente cuadra, recuerdo haber reparado en cómo las huestes de malabaristas, mendigos, y locos, parecen engordarse cada vez más en las calles de Quito. Con esa imagen, busqué la tienda más cercana, compré una cerveza, y dejé que Vida Circense, de La Piñata, y Hábleme más Suave, de Guardarraya, batallen en mi imaginación por el resto de la tarde.
Porque al final, la vida es una película. Y como en las películas, un buen soundtrack es vital.
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